4 de diciembre de 2013

Amapola -II-




Elena se casó con Roque. Tuvieron tres hijos. El mayor, a los veintidós, se ahogó en un río que no era el Paraná. Volvieron esa tarde sin el cuerpo. "Fue la aorta", les dijeron. El menor nació con menos de un kilo, epilepsia y meningitis. Mis Abuelos se negaron al electro-shock y al encierro. Lo anotaron en una escuela, el Normal. Hizo hasta tercer grado y después eligió las bicicletas, los dibujos y los libros. A mi mamá le fascinaba el piano. Durante una siesta irrumpió en la iglesia del pueblo para tocar El Pericón desde un órgano que tenía muchos tubos; la expulsaron en mitad de ese concierto. Hasta mis once, la mesa era de seis, pero siempre había otros platos y otros nombres. Una vez hubo una cabra, un loro que cantaba La Marchita y algún sauce. Mis Abuelos se besaron hasta viejos.


-Texto y fotografía, Daniela De Angelis-

28 de noviembre de 2013

Veo




Veo, a través de la ventana, cómo cae una camisa azul desde algún balcón más alto de los edificios de enfrente. Queda allí, espinándose entre el lapacho florecido, enramada. Ahora pantalones; tres o cuatro remeras y más camisas. Imposible contar con exactitud cuántas prendas caen ni quién las arroja. Sólo puede verse una mano, su gesto tartamudo. Las zapatillas se desparraman entre el cordón y el charco de agua estancado desde la mañana. El cuerpo vacío de esas vestiduras se parece al de un hombre joven. La gente levanta la vista por unos segundos sin detenerse. No se escuchan gritos ni llantos. Ninguna voz ni juegos infantiles. Algo parecido a la tristeza o el amor se desliza por la calle. Luego se vacía y repta.

-Texto, Daniela De Angelis -

16 de noviembre de 2013

Madriguera




Me arrancó los pelos mientras se los llevaba a la boca. Los engullía como caramelos o bombones, un mechón tras otro. Después me lavó la cara y delineó dos círculos en los ojos. Los sentía pegajosos. Con una piedra negra me estiró la sonrisa, pero quedó rayada y plana. Me coronó con un sombrero y se vistió con el traje del finado, con el olor de sus arcadas, la mugre entre las uñas. Creo que lo escupí y que chillé. Me escondí entre los zócalos que faltan, como una comadreja. Él lo niega, dice que estoy loca. Quién sabe.



-Texto, Daniela De Angelis-