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Inquietar - Libros -para descargar gratis-

Desde este Blog es posible descargar gratis algunos libros desde mi cuenta personal en academia.edu. Estoy haciéndolo con las propias limitaciones que los tiempos personales imponen. Les pido paciencia. Para encontrar aquellos que ya he subido, dejo aquí el enlace:

https://independent.academia.edu/RayuelaSincielo/Books

14 de agosto de 2013

Los despojos de Babel



Si bien en el siglo XIX en América Latina no existía un público lector – a diferencia de lo que sucedía en   Europa- , los escritores de este período se caracterizaron por ir en su búsqueda; búsqueda que se canalizó a través del periódico y en el que se fraguará la literatura moderna latinoamericana: Darío, Martí, Gutiérrez Nájera, Julián del Casal; Nervo, Urbina, Gómez Carrillo y Tablada constituyen claros ejemplos de las múltiples discursividades en las que el periodismo se cristaliza como un espacio de intermediación entre la literatura y la sociedad, el interior y el exterior; entre el destruir y el re-construir. Estas prácticas de escritura encuentran su modelo en la figura del poeta encarnada por Baudelaire, Novalis o Hölderlin.

Coetáneo de una época de turbulenta metamorfosis social, cultural y económica, el escritor modernista se nutre de fuerzas polares, muchas de las cuales tienen su arraigo en una constante tensión y distensión siempre conflictiva.

Sus crónicas vierten los efectos del cambio de un modo de vida social a otro que difiere. La noción de comunidad se verá avasallada por la de sociedad; la ciudad es el concepto o idea, mientras que el campo, la emoción.  El artista debe, pues, decorar la ciudad, exorcizarla con su arte, traducir los escenarios urbanos, escribir el exterior y, al mismo tiempo, mantener informados a los lectores de los sucesos que mueven al mundo. Estos acontecimientos, presenciados o no por el cronista, comportan la percepción de una magnitud histórica ineludible. Asimismo, el escritor poetiza sobre un hecho destellante en la sociedad o una escena costumbrista para deleitar al público lector femenino que cobra mayor vigencia.

Si nos extendemos a nuestros días, los cambios e intercambios han sido radicales. La literatura interviene, incluso desde el periódico no para decorar los paisajes urbanos, sino para la crítica y la denuncia. Esta intervención, a su vez, se pliega en una inacabable preocupación por fundar una estética. En los despojos latinoamericanos, en las sombras tajantes de los territorios del miedo, en los reductos miserables de las chatarras y la desesperación, el cronista actual acecha; su palabra poética nace y resiste en los residuos cloacales de la lengua. La literatura, como la vida, se fecunda en la podredumbre, la hambruna, la indignidad y el sometimiento. La literatura no claudica su espacio fecundador sino que se fusiona en el entramado de esa sutura arbitraria, en las denominadas por García Canclini como  “identidades de borde”.

La lengua cuaja la ausencia de una armonía; implica la disolución de toda ortodoxia lingüística e idiomática; se retuerce y copula en la ecléctica vertiginosidad urbana. En el lupanar de esa lengua impura y enfangada residen los vestigios esperanzadores de un hablante(sc)er que se rebela y revela ante olvido y la desmemoria.

De este modo, en el itinerario escritural trazado por los nuevos cronistas, la voz del otro adquiere un estatuto hermenéutico.

 Desde esa falsificación o condición aurítica opacada y perdida de la lengua de Lemebel o la cartografía infernal de los terruños mexicanos trazada por Poniatowska, y en la que distintos ángeles parias deambulan hasta la reconstrucción de esa cotidianeidad subyugada por las cenizas de un Apocalipsis tumultuoso y excesivo emerge el carácter poroso de la agónica tragicidad contemporánea. Opuestas a todo intento de exotización de la otredad, las crónicas actuales se articulan y organizan como verdaderos espacios de resistencia activa; constituyen una mirada que atraviesa ese envés del goce que es el sufrimiento anónimo, pero asimismo singular. Sin embargo, esta mirada de angustia que parece asfixiar, contiene la propiedad original de una mirada que se pretende ciega o muerta, y por ello mismo, omnívora. Permanece allí para irrealizar el espectáculo ofrendado en el mito sacrificial de la letra inscripta en la carne. Los textos de Lemebel, Poniatosvka y Monsiváis obran algo imposible de otra manera: hacer visible e inquisidora la mirada hasta extenderla más allá de toda lejanía o proximidad, de toda pequeñez o grandeza, de toda solemnidad imbricada en la lengua de la ley.

Violante, la literatura nos otorga la facultad de “ver  el universo con los ojos de otro, de cien otros, de ver los cien universos que cada uno de ellos ve, que cada uno de ellos es”, escribía Rilke. Estos cronistas nos sitúan frente a las cuatro situaciones límites del hombre como ser-expuesto: el temor, la esperanza, la angustia y la consolación. Dimensiones vitales acontecidas en una escritura capaz de concebir el devenir humano como un exponerse en constante tensión entre lo finito y lo infinito, lo posible y lo necesario. Toda categoría convencional en las nociones de espacio –ciudad, campo, casa, cielo, tierra y agua-, de acción y pasión –actitud, pathos, compadecer, compartir, participar- y de cantidad –grandeza, medida, estrechez, distancia- pierden univocidad.

 El escritor latinoamericano de hoy, en tanto cronista de la promiscuidad urbana, ha legado la fatídica función de transmutar toda carencia en invención. Se trata, pues, de nominar la alteridad de una existencia provisoria, dolorosamente tajada, refractada, difusa y naufragada: descallar la urdimbre abarcativa del desgarramiento latinoamericano. ¿Será, pues, que la cada vez más ciclópea aclaración del mundo desfigura y pervierte el habitar del hombre? La lengua, por ende, debe advenir en la opacidad dado que la humanidad toda se halla aún en el mediodía nietszcheano. En la fugacidad de toda temporalidad, y previo a ella, es el instante. No obstante, en su inmediatez, se patentizan los avatares de esas voces erizadas, excesivas; voces otras capaces de dar cuenta de una experiencia babélica; de un hecho que agita hasta ser cuestionado.

Por ello, y tal como García Canclini propone, es imperioso descubrir lo que él denomina “nuevos espacios de intermediación cultural y política”. Debe apuntarse, pues, a que “el futuro de la globalización lo decidan ciudadanos multiculturales (...) Necesitamos reelaborar esa perspectiva comunitaria en las condiciones de la ciudad moderna”. Se hace urgente transformar la relación existente entre identidad-ciudadanía a través de una construcción narrativa de estas nociones que, a su vez, implique hablar de ellas como significado; una nueva construcción narrativa que sólo puede ser defendida desde la praxis permanente y que, además, debe conquistarse incesantemente en la celebración de las diferencias.

Así Sea.

-Texto, Daniela De Angelis / Fotografía, Cintia Zaremsky Schenquerman-




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