30 de septiembre de 2013

Colecciones ( I )



Tía Paulina coleccionaba las sobras de sus amantes. Lo hacía escrupulosamente, sin escándalos. Con vocación de costurera añadía las etiquetas de acuerdo a los nombres, fechas y hoteles. En un cofrecito amontonaba boletos arrugados, las chirolas, los chicles aplastados, los preservativos usados. Su pasión fue extenuándose. “No fue por la vejez”, explicó amorosamente. “Es que ya no olían a mierda”.

-Texto, Daniela De Angelis / Fotografía, Richard Griffin-

Combustión




Me desabrocho la camisa. Algo que no es la falta de aire me impide respirar. Abro la boca y apenas un chillido parecido al de esos pájaros del monte. El comedor huele a pelos quemados, a plástico derretido. Tres chicos ríen en la vereda; puedo oír sus voces. Los ojos pican y todo arde. No importa qué.

-Texto, Daniela De Angelis / Fotografía, Sr. Sol-

Postales ( I )




Llovizna sobre Rosario. Poca gente en las calles. Los vidrios de los autos se empañan por el tufo y la humedad. Un trazo circular, algo así como un anillo o un bostezo,  gotea desde la ventanilla del  colectivo. Los balcones del centro exhiben sus jardines colgantes. El agua estancada en los márgenes de la ciudad acumula mugre y silencio. Rosario se parece a una red de pescadores.  Su río no es la frontera.



-Texto, Daniela De Angelis-

27 de septiembre de 2013

Infierno





El calor agobia. La tarde es una caldera. Pienso que el nombre le queda bien a este lugar del Chaco porque se parece a la otra Pompeya después de la erupción.  En el patio de algunas casas hay canillas que traen agua de la napa. Se las cuida como a hijos. La luz del día es tan blanca que cuesta mirar de frente; el ramaje de los árboles parece de aluminio.



Ni un alma cerca, excepto dos chicos que caminan descalzos y cargan algo en sus manos. Son pájaros muertos, atados de las patas como un racimo de plumas afiladas. El polvo de las calles permanece quieto. Siento como si me pegaran una trompada en el pecho; me cuesta respirar. Lo que más sobra en el mundo, el aire, aquí escasea.



Cuando la sequía llega, se queda por ocho meses, a veces, diez. La pobreza y el olvido se estancaron desde siglos en este pueblo donde alguna vez vivió don Marciano Cuevas, el primer criollo que tomó por mujer legal a una india. Dicen que no murió consumido por el cólera, sino por una pelea entre diablos. La culpa de todo es de los diablos.

-Texto, Daniela De Angelis-