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Inquietar - Libros -para descargar gratis-

Desde este Blog es posible descargar gratis algunos libros desde mi cuenta personal en academia.edu. Estoy haciéndolo con las propias limitaciones que los tiempos personales imponen. Les pido paciencia. Para encontrar aquellos que ya he subido, dejo aquí el enlace:

https://independent.academia.edu/RayuelaSincielo/Books

8 de octubre de 2013

Borradura





Es domingo. Pasaron muchas cosas desde la última vez que fui a ver a mi padre.



Llegué más temprano de lo previsto. La puerta de entrada a la casa es de hierro. Fue pintada de blanco varias veces; ahora el color se volvió casi ocre a causa de la intemperie y el descuido. Invariablemente, permanece abierta;  la cerradura está rota desde hace un tiempo pero a nadie le importa, ni siquiera a mí.



Desde el estrecho zaguán que conduce hacia el comedor se escucha una milonga. La radio conserva un lugar de privilegio en la casa; me recuerda a un marcapasos.



Apenas ingreso lo veo recostado en el sillón, dormido. Tiene los pantalones mojados por el orín y aureolas de baba seca en la camisa. Me quedo quieta, observándolo apoyada contra el empapelado oscuro que cubre las paredes de la sala.



La luz proyecta sobre el mantel la danza circular de una polilla cuyas alas están perforadas. Un olor agrio, similar al de la leche cuajada se estancó en el ambiente, aunque desde la muerte de mi madre la casa ya no huele a nada. Mi padre la vació de muebles y recuerdos.



Me decido a recorrer las cuatro habitaciones restantes y advierto que cada uno de los puntos de referencia de mi infancia desapareció después de la última reforma; no quedan marcas en las paredes y el entretecho de pino cubrió los ladrillos y las vigas anteriores. Lámparas más modernas, de forma cónica y elaboradas con un material que no logro reconocer reemplazaron a las antiguas, cuyos caireles se parecían a gotones de lluvia decididos a no estamparse. Quedaron intactos, sí,  los pisos de madera que mi abuelo colocó allá por los 60 y que resistieron a tres inundaciones.



Subo al primer piso mientras cuento. Son veinte los escalones que separan el arriba del abajo –cielo y tierra, solía decir mi madre-. Allí está mi habitación. No hay cama ni ropero, ni siquiera un cortinado. Vacante y aséptica.



Vuelvo donde mi padre desparrama su sueño y sus ronquidos. Retiro de la mesa las botellas vacías y dos vasos que contienen restos de vino y caña. La radio sigue encendida. Ahora un locutor anuncia calor y humedad para el resto de la semana.  Es verano y hay gente en las calles. Dentro de tres horas habrá amanecido. Hace frío.



-Texto, Daniela De Angelis / Imagen, Robert Bluj-

4 comentarios:

  1. Tremendo relato... Lo mejor es que la duda sobre la verosimilitud de lo que contas... Si es así a veces conviene no exponerse... vos dirás...
    Que lindo leer y la confirmación de que seguis escribiendo... Te mando un abrazo de compañero Tu amigo Horacio (no tengo tuiter, estoy desfasado)

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  2. ¡Qué alegría leerte en estos lindes, Horacio! Esperoque Vos y los Tuyos -tu Viejita, tu Amor y tus dos Soles estén bien -deben estarse enormes los cachorros-. No es autobiográfico: basta decir que la casa de mi infancia tenía un solo piso y nunca hubo zaguán. ¡Gracias por tu paso y abrazo con los dedos en V!

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  3. Que buena mañana esta de, levantarse, prender la compu y encontrarse con esto. Por ahí me dejó intrigado esas dos copas sobre la mesa. El retrato, también, de un imperio cayéndose a pedazos.

    Gracias.

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  4. Qué buena madrugada, ésta, de andarse escarbando una hasta el tuétano y aparezca una palabra que interpela... La lengua se tragó al imperio y alguien brinda -con caña o vino- por eso. Gracias, Patricio!

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Por esta travesía, Gracias.