27 de septiembre de 2013

Infierno





El calor agobia. La tarde es una caldera. Pienso que el nombre le queda bien a este lugar del Chaco porque se parece a la otra Pompeya después de la erupción.  En el patio de algunas casas hay canillas que traen agua de la napa. Se las cuida como a hijos. La luz del día es tan blanca que cuesta mirar de frente; el ramaje de los árboles parece de aluminio.



Ni un alma cerca, excepto dos chicos que caminan descalzos y cargan algo en sus manos. Son pájaros muertos, atados de las patas como un racimo de plumas afiladas. El polvo de las calles permanece quieto. Siento como si me pegaran una trompada en el pecho; me cuesta respirar. Lo que más sobra en el mundo, el aire, aquí escasea.



Cuando la sequía llega, se queda por ocho meses, a veces, diez. La pobreza y el olvido se estancaron desde siglos en este pueblo donde alguna vez vivió don Marciano Cuevas, el primer criollo que tomó por mujer legal a una india. Dicen que no murió consumido por el cólera, sino por una pelea entre diablos. La culpa de todo es de los diablos.

-Texto, Daniela De Angelis-

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