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Inquietar - Libros -para descargar gratis-

Desde este Blog es posible descargar gratis algunos libros desde mi cuenta personal en academia.edu. Estoy haciéndolo con las propias limitaciones que los tiempos personales imponen. Les pido paciencia. Para encontrar aquellos que ya he subido, dejo aquí el enlace:

https://independent.academia.edu/RayuelaSincielo/Books

11 de septiembre de 2013

Palimpsesto


La madera el clavo la astilla.

El juego de encastres comenzaba cuando él nos visitaba. La niña jugaba a un árbol. Mamá parecía adherirse al delantal y ya no había que preocuparse por los platos amontonados ni por la ropa acumulándose en el lavadero. El polvo de estaño se depositaba sobre las zapatillas y lo dejábamos allí, estacionándose durante semanas, porque nos divertía esa suerte de resplandor doméstico. Era lo único que brillaba de la casa.

Ni antes ni después de su estadía éramos los mismos. Transformaba los cuartos, los limoneros del fondo, la medianera. La grasa pegada en las sartenes se desprendía hasta alcanzar un estado líquido; nos gustaba que el olor invadiera las lámparas y las cortinas. Los ruidos se escurrían sobre los patines de lana que había tejido la difunta Irene y los pelos de los gatos se prendían de las patas de los muebles como lagartijas dóciles.

Ella se volvía otra. Recuerdo que atesoraba pelusas en una lata de té y que las llevaba a la boca como si fueran confites o bombones. “Algo suave”, murmuraba. Yo la escuchaba en silencio. El aire se acidaba. La noche abotonaba los cuerpos.

Hacha siesta piedras lobo.

A las tres de la tarde comenzaban a temblar las tripas, el cabello sujetado con la cinta de tafeta roja, el vestidito que Velia le había regalado para la confirmación. Desde la cocina podíamos escuchar los martillazos. Los golpes perforaban la música, los nombres familiares, la pava sobre el fuego lento. Cuando la llamaba, imaginábamos que una lengua diminuta crecía desde el gallinero exigiendo que lo subieran a la cruz. Que lo clavaran con clavos de verdad. Ella solo retenía el aire.

Talones hamaca cosquillas tentáculos.

El encastre continuaba cuando la sentaba sobre sus rodillas. La punta de los lápices rotulaba los colores y cada ojo mayor tragaba a otro más chico. Estampitas, fotos y tarjetas de cumpleaños trepaban en fila, alineadas como en el centro de un huracán. A la medianoche, la madriguera del sueño cubría el empapelado de las paredes. Me costaba dormir, porque en los sueños aparecía ella, estaqueada desde la garganta hasta las uñas, colgando como un cuadro. Como las manchas que él pintaba.

Ratas aserrín pis jabón curitas.

A las diez de la mañana raspaba los dedos contra la única pared irregular del patio. Las astillas se volvían puntos amoratados dentro de las yemas. Su piel desprendía una baba como la del gomero, la planta esquinada en el cantero mayor cuyas raíces retorcían las cañerías de la casa. La espiaba desde adentro de mi camisón de lino con los pies desnudos sobre el pasto.

A esa hora los ratones ya habían descabezado a los canarios del abuelo Enrique, pero a nadie de la familia parecía importarle. Las noticias del día quedaban olvidadas sobre el mantel, mientras una raya vertical atravesaba indefinidamente la pantalla del televisor. Creo que a ella no le gustaba jugar conmigo (digo creo porque nunca lo hablamos).

Cloacas dientes hueco reloj anestesia.

“Cómo será perforar desde adentro. Cómo será desencajar el clavo, la madera, las astillas”, escribió por entonces detrás de una foto. Desde entonces, cada seis de noviembre remueve la tierra de las macetas y reemplaza unos clavos por otros. Los cuadros siguen allí, colgados.


-Texto, Daniela De Angelis, Agosto 2013-

2 comentarios:

  1. me arrancaste el aire... igual te dejo un beso... mariano

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  2. ¡No exageres, Mariano! No obstante, es bueno saber que los textos son leídos y que algo provocan. ¡Mis gracias y saludos!

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Por esta travesía, Gracias.