11 de septiembre de 2013

René



Tío René vivía en el barrio de San Telmo junto a Raquel, una mujer pelirroja cuyas uñas captaban toda mi atención. No sé si atribuir la fascinación al color de los esmaltes que elegía -rojos intensos y rabiosos, como si la sangre saliera del curso de las venas y buscara estancarse brillosa y seca, contenida en ese espacio mínimo por acción de un pincel diminuto-, o bien a la escasez de cutícula que las rodeaban. Sí, sus uñas se parecían a una semilla de sangre.

No tenían hijos, no por decisión de la pareja; era por otra cosa que yo no alcanzaba a entender ni tampoco a preguntar, pero sin embargo intuía cada vez que los observaba desvivirse por los más chicos de la familia entre los que me sabía incluida. Sus movimientos eran torpes e impostados, como si los brazos y las manos no le pertenecieran y hubieran sido encastrados en ese cuerpo por error de la naturaleza. En una frase era capaz de pronunciar tres o cuatro diminutivos. No puedo explicarlo claramente, pero esas características causaban en mí la sensación de estar subida a una calesita.

Se había dedicado a la pintura artística y le iba bien; ya había expuesto en varias galerías del país y de Alemania. Su mamá era hermana de mi abuela materna y se había convertido al evangelismo, aunque durante las reuniones parentales las conversaciones nunca recaían en la religión porque según había dejado en claro mi abuelo Roque, era mejor no creer en los curas ni en nada que anestesiara el pensamiento. A diferencia de la mayoría de mis amigas, yo no había hecho el catecismo; aún ignoro si alguna vez fui bautizada por la iglesia.

De tío René se hablaba mucho, sobre todo de sus habilidades para el dibujo. Invariablemente la anécdota se repetía en cada festejo familiar: la maestra de primer grado había mandado a llamar a los padres porque el tren que el alumno había dibujado no coincidía con los garabatos que alguien de seis años pudiera trazar. Le exigieron a la señorita que comprobara allí mismo el talento precoz del niño y ante los resultados no le quedó más remedio que estampar un diez y una disculpa escrita debajo de la nota.

Él nos visitaba una vez al mes. Insistía en que mamá era su prima favorita, pero a papá no le caían bien los parientes porteños; lo único que parecía acercarlos era la pasión por el fútbol. Una vez me confesó por qué los detestaba: “Creen que con la plata pueden vivir como se les antoje”. Lo atribuí al profundo resentimiento de alguien a quien los triunfos ajenos le dolían, sobre todo porque la situación laboral empeoraba y nuestras cenas consistían, desde hacía tiempo, en unos tazones de caldo de verduras, en ocasiones mixturado con arroz.

Cuando tío René llegaba al pueblo, lo hacía ostentosamente. Compraba y coleccionaba autos antiguos; no ésos de miniatura que suelen depositarse sobre los muebles, sino de los otros, los que se deslizan por las calles. Cierto día apareció con un coche que había pertenecido al General Perón. Por entonces yo tenía once años y extrañaba mucho a mis abuelos Roque y Elena, quienes habían fallecido en el lapso de veinticuatro meses. Con nosotros también vivía Quito, un tío hermano a quien yo llenaba de atenciones debido a su discapacidad motriz y a la lectura de los cuentos que ambos compartíamos.

Fue después de esas muertes cuando comenzaron los problemas de mamá. “Depresión profunda”, diagnosticó el psiquiatra. Los encuentros con amigos y conocidos no impedían ni demoraban las crisis de llanto por las que ella atravesaba. El exterior era su principal problema; no salía de la casa como me hubiese gustado que lo hiciera y había dejado por completo los hábitos del maquillaje y del decoro. La polvera, los perfumes y las cremas metódicamente ordenadas en el botiquín pasaron a formar parte de mis últimos juegos.

Aquella vez noté que tío René estaba distinto, aunque según su costumbre había traído regalos para todos; me tocó una remera con volados y una cartuchera importada; a papá, dos cintas métricas. Para mamá eligió una pollera con terminaciones de encaje y para Quito, una afeitadora nueva. Esa misma tarde prometió que me llevaría a tomar un refresco y dar unas vueltas en el auto.

Pedí que me permitieran usar el vestido de lino azul, aunque sabía que estaba destinado para los cumpleaños; abracé muy fuerte a mamá cuando accedió justificando ante papá que ese tipo de salida no formaba parte de las ceremonias cotidianas y que ese día lo ameritaba. Se esmeró con las hebillas para sujetarme el cabello y ese gesto predispuso mi buen ánimo para hacer los mandados. El malhumor de papá se incrementó mientras almorzábamos; aquel día no hubo postre y la siesta se extendió hasta las cuatro de la tarde.

A eso de las cinco, tal como había acordado tío René, fuimos a la confitería y compró un helado para mí. No recuerdo el sabor, aunque puedo suponer que era de dulce de leche porque siempre fue mi gusto preferido. Dijo que me enseñaría a manejar y que lo conveniente era hacerlo por las zonas rurales. “No vaya a ser que atropelles a alguien, nenita”, dijo riéndose.

Mientras transitábamos por un camino de tierra percibí que sus ademanes no eran los mismos, como si el viaje lo hubiera transformado. Apenas si conversamos sobre las flores, uno de nuestros temas predilectos. Era grato escucharlo cuando enumeraba en latín los nombres de cada arbusto que yo le señalaba. Esta vez no hubo juegos ni diálogo; ni siquiera reparó que yo ya había saltado hacia el asiento de atrás porque me aburría demasiado y quería distraerme observando las grietas del barro seco sobre las banquinas y a las vacas desparramadas en el horizonte volviéndose puntos intermitentes.

Estacionó frente a un alambrado cuyos extremos estaban cortados. Desde allí podía verse una especie de sendero angosto abierto por las hormigas, cuyo fin determinaba el comienzo de una gran arboleda. Avanzamos en silencio, tomados de la mano. Los zoquetes se arrugaban dentro de mis zapatos, sobre los talones, lastimándome la piel. Estuve días para recuperarme de las ampollas, hasta que reventaron solas. Finalmente nos detuvimos, aunque no recuerdo cuánto tardamos. La percepción de los minutos y las horas en el campo se vuelve más lenta, casi medieval. Estábamos rodeados de plantas que por la altura y el grosor parecían anteriores al paisaje; el calor ya no nos fastidiaba como a cielo abierto. Me senté contra un tronco; tenía la garganta seca y los ojos me ardían.

Tío René permanecía de pie, estático y mudo. Repentinamente –porque todo sucedió como una ráfaga- comenzó a quitarse los pantalones y a desabotonarse la camisa con movimientos elásticos. Creí notar que se mordía el labio inferior, pero ese detalle pudo deberse al efecto de la luz entre el ramaje o a la propia imaginación. Desde mi postura, los cordones azules de sus zapatos crecían y reptaban como la anaconda de los cuentos.

No sé si fue miedo, curiosidad o ambas cosas, pero continuaba sentada, congelada por algo que no era el frío, percibiendo cómo el ritmo de los latidos derivaba en otro mayor cuyo martilleo nacía desde adentro de las sienes y avanzaba perforando los oídos.

El silencio se tajó. Nunca pude olvidar sus palabras, tal vez porque fueron algo así como una súplica o un ruego: “Mirá bien, nenita y no te enojes conmigo”.

Fue entonces cuando noté que dos tetas pequeñas, bien formadas y tensas, me miraban desde una estatura impropia. Traté cerrar los ojos, pero fue imposible no advertir que entre las piernas de tío René solo había un manojo de pelos derramados, tan delgados y oscuros como una sombra. Como su nombre.

-Texto, Daniela De Angelis / Imagen, Mario Donizetti-

2 comentarios:

  1. jejeje el tío René moviendo sus tetas... genial el final ojitos claros... Horacio otra vez

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  2. Nada es lo que parece. Y a-penas, sólo construcciones. ¡Gracias por leer y alentar, amigo del Alma!

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Por esta travesía, Gracias.