13 de noviembre de 2014

Él citó al Tao


Él citó al Tao y dijo:
"¿Puedes abrir y cerrar las puertas del cielo como una mujer?"
Nada de interferencias 
entre lo real y la ficción.
Las palabras estallan
y sólo queda el silencio
el espanto
Dejó a la mujer por la madre
porque siempre envidió al hombre
que la servía entre frazadas 
entre el cáncer y el hartazgo.
Y dejó a la mujer por la hija
porque la debilidad pesa 
la lástima
y somos hijos o padres del rigor
y la culpa transitoria
Al varón lo dejó ir
se vació de los mandatos
y fue libre.
Después hizo que la barba le creciera
como si la sabiduría
requiriera de claustro y abandono.
Uno puede ser su doble 
 nadie
hombre 
hijo
 padre 
asesino
Después 
nada importa
A los niños 
se les perdona
la incapacidad 
la estupidez
el deseo de eyacular 
en la boca de una mujer
que no renuncia a su trono.

 -Texto, Daniela De Angelis / Imagen, Santiago Carbonell-

4 de noviembre de 2014

Sea



No quiero 
féretro o tumba
cuando la muerte revuelva 
el polvo de mi nombre.
Nadie. 
Ni hipócritas ni bienamados.
Nadie.
Ni tantos de Ustedes
bendiga el epitafio
las sábanas mojadas por el orín
el rincón de la infancia.
Ninguno ose derramar una oración.
Sea la piedad 
para los perros
los impunes
para las señoras que comulgan  
con la cruz entre las piernas
los doctos del lenguaje, sus vacilaciones.
Queden los buenos modales
entre los muertos que resucitan cada mañana 
con el reloj y la impudicia.
Ni uno de Ustedes 
pretenda arrancar de mí
el barro
tanto silencio inoportuno.

-Texto, Daniela De Angelis / Fotografía, Tom Millea -

29 de octubre de 2014

De la locura




La obstinación por el hallazgo del tulipán negro se originó en Harleem, Holanda. Los alquimistas de la botánica lo intentaron todo para conseguirlo. Algunos perdieron haciendas y reputación. Otros, el juicio. La flor de color del ébano jamás pudo ser creada, aunque existen reversiones que alcanzaron un tono más pálido y azulino. 
Antiguamente los ladrones de esos bulbos eran castigados con la quebradura de brazos y piernas. “La carroza de los locos”, de Jan Gerritsz van Bronckhorst, satiriza la locura y pasión que el tulipán despertó en ese país. En una de sus crónicas de viajes, Roberto Arlt la describe como “la flor diabólica”. 
Durante 1939 se cierne sobre los prados de Holanda un peligro mayor. La amenaza tiene un nombre. Según se dice, admiraba la belleza de esas flores y en su juventud había sido un estudiante mediocre, además de un pintor frustrado.



-Texto, Daniela De Angelis / Imagen, Georgia O ' Keefe-

4 de octubre de 2014

Inquietud





Dentro de una hora sonará la alarma sobre la mesa de luz. No amanece, pero estoy despierta. Hace tiempo deseché las pastillas para el sueño, las clases de yoga y el televisor. Doy vueltas entre las sábanas. Desde la radio dicen que no lloverá. Me gusta acostarme desnuda y sentir el frío que llega desde el patio. Bombacha, medias, pantalón, zapatillas. Decido salir a correr. Sudar, abrir la boca, el latido entre las sienes. En el parque, una mujer le habla al perro mientras pasa su mano por el lomo. El animal avanza unos pasos; luego se recuesta entre las piernas de la dueña. Pienso en las caricias, en el beso, los abrazos. Aquello que domestica. Lo que inquieta.
-Texto, Daniela De Angelis / Fotografía,  Ruth Bernhard-

29 de septiembre de 2014

Vejez





Me miraba de reojo. Cada vez que nos encontrábamos a solas en el ascensor, hacía ruidos con la lengua; sonidos intermitentes que me exasperaban, que me hacían tomar conciencia de los propios pensamientos. Quería matarla; necesitaba estrangularla contra el espejo o la puerta;  sentir su boca abierta sin el aire, los ojos desencajados, las naranjas rodando sobre el piso de madera con ruido sordo y seco. Me miraba de reojo, las uñas empastadas por el polvo y la basura, las arrugas en la cara y en el pubis, el cuello flácido y grasoso. Quería que desapareciera, que reventara como un globo, que la muerte la encontrara entre esas telas sucias. No me acostumbro a estos olores, a la decadencia de la carne. Me repugnan los gestos desvalidos, la impudicia: mi vejez. 
-Texto, Daniela De Angelis / Imagen,  Raciti Agatino-

Encuentro


28 de septiembre de 2014

Como niños





“Cuando el silencio se instala dentro de una casa, es muy difícil hacerlo salir; cuanto más importante es una cosa, más parece que queremos callarla. Parece como si se tratara de una materia congelada, cada vez más dura y masiva: la vida continúa por debajo, sólo que no se la oye. Woroino estaba lleno de un silencio que parecía cada vez mayor y todo silencio está hecho de palabras que no se han dicho. Quizás por eso me hice músico. Era necesario que alguien expresara aquel silencio, que le arrebatara toda la tristeza que contenía para hacerlo cantar. Era preciso servirse para ello, no de palabras, siempre demasiado precisas para no ser crueles, sino simplemente de la música, porque la música no es indiscreta y cuando se lamenta no dice por qué. Se necesitaba una música especial, lenta, llena de largas reticencias y sin embargo verídica, adherida al silencio para acabar por meterse dentro de él. Esa música ha sido la mía. Ya ves que no soy más que un intérprete, me limito a traducir”, dice Alexis, un personaje de Marguerite Yourcenar. Cuenta que su infancia fue la idea de la quietud al borde de una gran inquietud que después será toda su vida.

Será porque la infancia no es la niñez, aunque la modernidad se empeñe en asimilarla como una etapa más del desarrollo, una edad cronológica delimitada, un momento definido de la vida. Con el transcurso de los años, se la transformó en una categoría viable para la psicología del desarrollo y el método didáctico, la pedagogía instructiva, la pediatría y la neurología. Aún hoy se desmenuzan sus componentes intelectuales, afectivos, psicosociales procurando definir su educabilidad y asignando coeficientes intelectuales, edades mentales, madurativas, retrasos. Como si fuera posible, los adultos intentamos cercarla y medirla. Persistimos en el control de eso desconocido que habita en cada uno de nosotros, esa infancia que no cesa  y que es quietud y silencio, pero también la osadía por hacernos hablar y simbolizar; aquello que pugna por decirse a lo largo de toda la vida y que potencia la inquietud de la palabra.  

Si la imagen del otro es una contradicción, es siendo en la infancia cuando construimos una imagen del encuentro con lo otro; cuando estamos dispuestos a dejarnos llevar y a transformarnos en una dirección siempre desconocida, algo así como un salto, un vuelo o un abismo. Cuando nombramos y vemos por primera vez el mundo, aunque pretendamos ser adultos, sabiondos y puntuales. 
-Texto, Daniela De Angelis / Fotografía, Mario Mihalovics-

25 de septiembre de 2014

Lectores




Las Teorías Socio-Culturales conciben la lectura como un proceso cultural en relación con el acceso a la escritura. La práctica de la lectura posibilita no sólo una apropiación de la cultura escrita, sino también la construcción de la propia identidad del sujeto, su subjetividad. En “Nuevos acercamientos a los jóvenes y la lectura”, Michéle Petit dice que siempre existe en la lectura un planteo que invita a leer y que ello deviene en apropiación de la lengua, en dominio. Señala que esa transformación está ligada a una cuestión de poder, ya que dominar no sólo implica hacerlo sobre las certezas, sino fundamentalmente sobre las dudas. En El papel de los mediadores da cuenta de un estudio etnográfico donde entrevista a jóvenes de quince a treinta años residentes en los barrios pobres de París para analizar cómo la lectura fue capaz de modificar radicalmente el destino de estas personas a partir la relación que entretejieron con diferentes mediadores de las bibliotecas públicas. La lectura puede ser reparadora, porque el relato mismo facilita la idea de unidad y continuidad. Petit sostiene que de un modo imprevisible, puede transformar las propias capacidades para experimentar las ambigüedades y la polisemia de la lengua. Y arriesga: los buenos lectores, en lugar de pretender el dominio sobre un texto, se dejan llevar por él.

-Texto, Daniela De Angelis / Imagen, Bill Carman-