31 de julio de 2014

Los días y las horas



Lucía sueña que teje. Sueña boinas azules, violetas y naranjas; bufandas para abrigar pájaros o nubes; entramados ajustados, puntos sueltos, nudos, huecos, lazos. En las siestas, las madejas se revientan en el suelo como frutos. Por las noches, del telar crecen brotes y raíces; las horquillas se desarman; los hilos dibujan en el agua algunos nombres y secretos. Lucía ve los retazos de algo que quizás en otro sueño fue una manta o un tapiz; apenas un comienzo o un ensayo. Ella enhebra en las agujas los amores que se fueron, las glicinas del balcón, el té de las mañanas. Los días y las horas. 
-Texto, Daniela De Angelis / Fotografía, Tomohide Ikeya-

29 de julio de 2014

Lo infinito


Caruso,  Luciano Pavarotti

Foco



Una familia duerme en la plaza a la intemperie. Muy cerca transitan las personas que eligen la primera hora de la mañana para correr y hacer ejercicios. La Plaza de la Cooperación está ubicada en una zona privilegiada de Rosario, a metros del río, del Parque Urquiza y de los lujosos edificios de Barrio Martin. Es un espacio que ocupa un poco más de un cuarto de manzana y se llama así en memoria del Che Guevara, cuyo rostro está pintado en uno de los muros que hacen de medianera. A escasos metros, en la parada de colectivos, dos chicas esperan el 122. Son delgadas y usan uniforme escolar. La más joven lleva una mochila negra cuya inscripción resalta desde lejos; la otra sostiene un cuaderno y algo parecido a una cartuchera. Hablan en voz alta y ríen. La familia sigue acostada sobre un colchón delgado rodeado de cartones y de bolsas. Apenas se distinguen algunos fragmentos de  los cuerpos: manos, pies, cabellos. Desde muy temprano la zona se llena de bocinas, mercancías y gritos, chicos trepándose a los juegos, gente que pasea a los perros. Todo convive junto a las sobras ordenadas de lo que quizás fue la última cena. La domesticidad de la escena sucede como si nadie pudiera advertirla; sin embargo, la tensión entre lo público y lo íntimo permanece abierta. La contradicción está a la vista de todos e interpela. Aunque desviemos el foco; aunque cada uno intente protegerse con frazadas o con ruidos.

-Texto y Fotografía, Daniela De Angelis -

Lo que queda del día



Quizás era demasiado tarde, pero en ese instante -y no en otro- aprendió. No es que antes no lo hiciera sino que esta vez no podía limitarse -como estaba acostumbrada- a la interpretación cíclica de los acontecimientos. Tampoco se trataba de apelar a la repetición de una enseñanza que, tal como ahora descubría, había permanecido siempre exterior. Entendió que había sido torpe e inflexible y que la insensatez de sus actos la llevaría a una consecuencia mayor. El dolor ante la pérdida se había convertido en algo real; una suerte de materia  intermitente y oscura; el espacio inhabitable.

Fue un cataclismo subterráneo y violento, algo así como un relámpago clavándose en las uñas; como si después de la muerte existiera otra más cercana y lenta. Sobre ella pendía el gesto del olvido, la posibilidad de la tristeza, la pesadez en los ojos, el musgo entre los poros de la lengua.

La palabra estalló, pero no en la boca ni en los sesos sino en el bajo vientre, en el ahogo, en su condición de mujer, en el hilo azul de sus comandos celestiales. Sintió miedo; el mismo que tuvo en aquel pueblo.

Entonces supo la inquietud y el amor; todos los mares del mundo, lo que queda del día.

-Texto, Daniela De Angelis-

Temor y Temblor. La certeza.



28 de julio de 2014

Así.

Las peras del olmo



Dicen que el amor es como una ramita que crece o que se quiebra. Creo que el amor es lo posible, pero no siempre lo que sentimos o soñamos. En la idea del amor hay la esperanza de la reciprocidad y el deseo compartidos. Los que apuestan y creen encontrarlo lo atribuyen a la magia, al destino, a la necesidad o al temor de estar solos en este infieno cotidiano, aquel de Ítalo Calvino en Las Ciudades Invisibles. Lo terrible, lo falaz, eso inevitable sobreviene cuando del olmo surgen peras. Las peras del olmo. "Cuando amo soy exclusivo", escribió en una de sus cartas Sigmund Freud. No la hay. La imposibilidad es primigenia, originaria. La falta se traduce en ese giro o salto que no siempre damos, en el corrimiento o el desliz. Es cierto que podemos ser capaces de crear un nuevo relato o una nueva ficción del amor, apenas un continente, algo así como su sombra. Para que las peras sean del olmo y aún deseables, los amantes necesitan alimentarse de lo inédito, de aquello que los vuelve singulares aunque la escena y los fotogramas se repitan. En esa singularidad hay siempre la primera mirada, que es como la del niño o la escritura. Aunque la incontinencia y la falta resuenen. Aunque la clausura se vuelva una frontera, un nombre que evitamos.



-Texto y Fotografía, Daniela De Angelis-

Como el amor.

27 de julio de 2014

Fotograma




Nunca pude olvidar ese instante entre el agua, el sonido de las ramas y su cuerpo. Puedo detallar cada gesto de lo íntimo, su perfil de estatua adulta, sus contornos. Blanca fue la única a quien pude mostrarle el río. Recuerdo que la llevé en mi barco, entrada la noche. Planifiqué el recorrido, los posibles obstáculos, la distancia entre el delta y el amarre, los detalles de la cena y de la ropa. La invité por deseo propio, porque su carne vieja me gustaba, porque podía pedirle todo. No me importaba su edad ni que tuviera hijos. Tenía arrugas en la frente y en los labios. Me conmovía su decencia, sus modales, su experiencia. Blanca era educada, una dama, una perla, casi una reina. Cuando nos quitábamos la ropa, siempre en silencio, la elegancia le colgaba de los ojos como un trapo o una canción. Mientras me miraba abría las piernas para que la atravesara como un clavo. Creo que le encantaba sentarse arriba mío, hamacándose sigilosa y desnuda -digo creo porque con las mujeres no se sabe-. Si apretaba las rodillas en mi cintura, boca arriba o boca al suelo, gemía  despacio, en susurros. Me hubiera gustado que dijera obscenidades -nunca se lo pedí, no estoy seguro-. Cuando los orgasmos nos sacudían yo sentía que la muerte estaba lejos. Aún recuerdo esa noche, en el barco. Blanca estaba de espaldas y había luna. Tenía miedo, me lo dijo. La abracé. Besé sus tetas y su boca. Tiempo después nos separamos. La última vez  que la ví fue en una foto. Quizás en un relato.   



-Texto, Daniela De Angelis / Imagen, Ergon Schiele -