21 de julio de 2014

Ella



La vecina del segundo piso me recuerda a los ancianos de la infancia. Tiene la cara llena de manchas rojas y verrugas. De sus ojos supura una baba verdosa, como pus filtrándose entre la costra de una lastimadura que nunca cicatriza. Los pocos cabellos que tiene se le pegan a la frente y a la nuca formando un círculo grasoso. “Diabética”, me dijo una vez; no le respondí porque tampoco le había preguntado. Su olor es ácido; se parece a la meada de los gatos sobre una alfombra. Imagino que orina de pie, levantando las largas polleras que usa, mojándose las piernas y las nalgas, manchando el piso del baño con las salpicaduras de ese chorro.



No me gusta encontrarme con ella y pienso que lo sabe, porque basta descorrer la puerta del ascensor y bajar hacia el pasillo para que aparezca en ese hueco encajonado. Suelo mantener la cabeza gacha para observarle los tobillos marcados por venas a punto de reventar, como si crecieran sanguijuelas desde dentro y le comieran la piel. Cuando la cruzo en la calle carga bolsas enormes donde amontona la basura; entonces apuro el paso, no para evitar que su presencia me revuelva el estómago, sino porque me da miedo, porque su roce me vuelve supersticiosa.



Hay una distancia entre nosotras que no puede nombrarse. El asco, la piedad. Quién sabe.



-Texto, Daniela De Angelis / Fotografía, Daniel Antunes-

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