29 de julio de 2014

Foco



Una familia duerme en la plaza a la intemperie. Muy cerca transitan las personas que eligen la primera hora de la mañana para correr y hacer ejercicios. La Plaza de la Cooperación está ubicada en una zona privilegiada de Rosario, a metros del río, del Parque Urquiza y de los lujosos edificios de Barrio Martin. Es un espacio que ocupa un poco más de un cuarto de manzana y se llama así en memoria del Che Guevara, cuyo rostro está pintado en uno de los muros que hacen de medianera. A escasos metros, en la parada de colectivos, dos chicas esperan el 122. Son delgadas y usan uniforme escolar. La más joven lleva una mochila negra cuya inscripción resalta desde lejos; la otra sostiene un cuaderno y algo parecido a una cartuchera. Hablan en voz alta y ríen. La familia sigue acostada sobre un colchón delgado rodeado de cartones y de bolsas. Apenas se distinguen algunos fragmentos de  los cuerpos: manos, pies, cabellos. Desde muy temprano la zona se llena de bocinas, mercancías y gritos, chicos trepándose a los juegos, gente que pasea a los perros. Todo convive junto a las sobras ordenadas de lo que quizás fue la última cena. La domesticidad de la escena sucede como si nadie pudiera advertirla; sin embargo, la tensión entre lo público y lo íntimo permanece abierta. La contradicción está a la vista de todos e interpela. Aunque desviemos el foco; aunque cada uno intente protegerse con frazadas o con ruidos.

-Texto y Fotografía, Daniela De Angelis -

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