27 de julio de 2014

Fotograma




Nunca pude olvidar ese instante entre el agua, el sonido de las ramas y su cuerpo. Puedo detallar cada gesto de lo íntimo, su perfil de estatua adulta, sus contornos. Blanca fue la única a quien pude mostrarle el río. Recuerdo que la llevé en mi barco, entrada la noche. Planifiqué el recorrido, los posibles obstáculos, la distancia entre el delta y el amarre, los detalles de la cena y de la ropa. La invité por deseo propio, porque su carne vieja me gustaba, porque podía pedirle todo. No me importaba su edad ni que tuviera hijos. Tenía arrugas en la frente y en los labios. Me conmovía su decencia, sus modales, su experiencia. Blanca era educada, una dama, una perla, casi una reina. Cuando nos quitábamos la ropa, siempre en silencio, la elegancia le colgaba de los ojos como un trapo o una canción. Mientras me miraba abría las piernas para que la atravesara como un clavo. Creo que le encantaba sentarse arriba mío, hamacándose sigilosa y desnuda -digo creo porque con las mujeres no se sabe-. Si apretaba las rodillas en mi cintura, boca arriba o boca al suelo, gemía  despacio, en susurros. Me hubiera gustado que dijera obscenidades -nunca se lo pedí, no estoy seguro-. Cuando los orgasmos nos sacudían yo sentía que la muerte estaba lejos. Aún recuerdo esa noche, en el barco. Blanca estaba de espaldas y había luna. Tenía miedo, me lo dijo. La abracé. Besé sus tetas y su boca. Tiempo después nos separamos. La última vez  que la ví fue en una foto. Quizás en un relato.   



-Texto, Daniela De Angelis / Imagen, Ergon Schiele -

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