29 de julio de 2014

Lo que queda del día



Quizás era demasiado tarde, pero en ese instante -y no en otro- aprendió. No es que antes no lo hiciera sino que esta vez no podía limitarse -como estaba acostumbrada- a la interpretación cíclica de los acontecimientos. Tampoco se trataba de apelar a la repetición de una enseñanza que, tal como ahora descubría, había permanecido siempre exterior. Entendió que había sido torpe e inflexible y que la insensatez de sus actos la llevaría a una consecuencia mayor. El dolor ante la pérdida se había convertido en algo real; una suerte de materia  intermitente y oscura; el espacio inhabitable.

Fue un cataclismo subterráneo y violento, algo así como un relámpago clavándose en las uñas; como si después de la muerte existiera otra más cercana y lenta. Sobre ella pendía el gesto del olvido, la posibilidad de la tristeza, la pesadez en los ojos, el musgo entre los poros de la lengua.

La palabra estalló, pero no en la boca ni en los sesos sino en el bajo vientre, en el ahogo, en su condición de mujer, en el hilo azul de sus comandos celestiales. Sintió miedo; el mismo que tuvo en aquel pueblo.

Entonces supo la inquietud y el amor; todos los mares del mundo, lo que queda del día.

-Texto, Daniela De Angelis-

1 comentario:

Por esta travesía, Gracias.