28 de septiembre de 2014

Como niños





“Cuando el silencio se instala dentro de una casa, es muy difícil hacerlo salir; cuanto más importante es una cosa, más parece que queremos callarla. Parece como si se tratara de una materia congelada, cada vez más dura y masiva: la vida continúa por debajo, sólo que no se la oye. Woroino estaba lleno de un silencio que parecía cada vez mayor y todo silencio está hecho de palabras que no se han dicho. Quizás por eso me hice músico. Era necesario que alguien expresara aquel silencio, que le arrebatara toda la tristeza que contenía para hacerlo cantar. Era preciso servirse para ello, no de palabras, siempre demasiado precisas para no ser crueles, sino simplemente de la música, porque la música no es indiscreta y cuando se lamenta no dice por qué. Se necesitaba una música especial, lenta, llena de largas reticencias y sin embargo verídica, adherida al silencio para acabar por meterse dentro de él. Esa música ha sido la mía. Ya ves que no soy más que un intérprete, me limito a traducir”, dice Alexis, un personaje de Marguerite Yourcenar. Cuenta que su infancia fue la idea de la quietud al borde de una gran inquietud que después será toda su vida.

Será porque la infancia no es la niñez, aunque la modernidad se empeñe en asimilarla como una etapa más del desarrollo, una edad cronológica delimitada, un momento definido de la vida. Con el transcurso de los años, se la transformó en una categoría viable para la psicología del desarrollo y el método didáctico, la pedagogía instructiva, la pediatría y la neurología. Aún hoy se desmenuzan sus componentes intelectuales, afectivos, psicosociales procurando definir su educabilidad y asignando coeficientes intelectuales, edades mentales, madurativas, retrasos. Como si fuera posible, los adultos intentamos cercarla y medirla. Persistimos en el control de eso desconocido que habita en cada uno de nosotros, esa infancia que no cesa  y que es quietud y silencio, pero también la osadía por hacernos hablar y simbolizar; aquello que pugna por decirse a lo largo de toda la vida y que potencia la inquietud de la palabra.  

Si la imagen del otro es una contradicción, es siendo en la infancia cuando construimos una imagen del encuentro con lo otro; cuando estamos dispuestos a dejarnos llevar y a transformarnos en una dirección siempre desconocida, algo así como un salto, un vuelo o un abismo. Cuando nombramos y vemos por primera vez el mundo, aunque pretendamos ser adultos, sabiondos y puntuales. 
-Texto, Daniela De Angelis / Fotografía, Mario Mihalovics-

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