23 de septiembre de 2014

Decoro



El hombre miraba de reojo sus piernas, los muslos, la boca. La imaginaba desnuda, quejándose como lo hacía en el trabajo mientras él se desnudaba; mientras los pantalones quedaban arrugados sobre las baldosas. La pensaba de pie y boca abajo, como una estatua muda y blanca ofrendándole la lengua y las caderas. La miraba con asco, con el resentimiento de su propio fracaso. Después de todo, estaba loca. "A las mujeres hay que montarlas, que se vuelvan yeguas mansas" decía antes de dormirse; antes de tragarse las pastillas para el decoro.
-Texto, Daniela De Angelis / Fotografía, Jaroslaw Datta-

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