14 de septiembre de 2014

Gracias

Nadie agradece. O casi nadie. Sucede en la calle, en los bares, en las bibliotecas. Es común entre amigos y entre desconocidos. En este espacio, que es virtual, pasa. Lo cierto es que hoy el agradecimiento resulta indiferente; una suerte de impronta ligada al escepticismo o la pasividad; algo así como un prejuicio. O peor: una pérdida de tiempo. ¿Por qué agradecer a la muchacha que se detiene en la vereda y aguarda, antes del charco, para que pueda continuar mi recorrido? ¿Por qué dar las gracias al mozo, si su trabajo consiste en traer la taza de café y depositarla sobre la mesa? ¿Cómo estar agradecida con el señor que mantiene la puerta abierta para evitar que se cierre justo cuando estoy próxima a la entrada o la salida de una oficina? ¿Por qué agradecer cuando alguien lee estos posteos y deja la huella de su lectura; si cada quien comenta por deseo o por antojo y no soy yo quien se lo pide? 
En estos tiempos, donde las redes y pantallas suplantan la posibilidad de lo real; donde la vivencia del dolor y la alegría son sólo construcciones virtuales o discursivas; donde somos cada vez más anónimos y menos humanos, elijo dar las gracias.  Ser y sentirme agradecida. Ya lo había dicho bellamente en su canto la inolvidable Violeta. 


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Por esta travesía, Gracias.