9 de septiembre de 2014

Resistencia




La escritura no es la vida, pero ambas se nutren y requieren.  Como la vida, la literatura también se fecunda en la podredumbre y en los bordes; no claudica en ese espacio del deterioro de las relaciones del hombre con el hombre.
Algunos cronistas latinoamericanos así lo entendieron. Saben que es necesario focalizar para ver. Sus textos  se articulan como verdaderos espacios de resistencia activa donde la voz del Otro posibilita repensarnos desde las tensiones que, como latinoamericanos, nos atraviesan.

En Prosa plebeya, Perlongher despliega toda su vitalidad argumentativa y poética para desbaratar aquellos lugares comunes  propios de las oposiciones, el orden binario y  los antagonismos. Su escritura se desliza entre los matices y desde lo constitutivo de nuestra identidad. Una mirada compartida es la de Pedro Lemebel, quien magistralmente apela a  esa falsificación o condición aurítica y  opacada de la lengua. 
Elena Poniatowska elige la sonoridad del silencio, los cauces y derivaciones de una cartografía en la que distintos ángeles parias deambulan. Carlos Monsivais reseña  la reconstrucción de la cotidianeidad eclipsada por un apocalipsis excesivo y agobiante. En todos ellos emerge el carácter poroso y trágico de los nuestra identidad.

Estos cronistas logran visibilizar aquello que permanece invisibilizado y mudo en un espacio global donde las fronteras se desdibujan; donde el dolor es anónimo y virtual aunque pretenda enunciarse colectivo. 
Su arte consiste en narrar como si el mundo por primera vez fuera descubierto y nombrado. Los artificios, entonces, no cuentan. Será por eso que estos textos resisten, dicen, callan. Callan, dicen, resisten.
-Texto, Daniela De Angelis / Fotografía, Marta Loarca-






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