14 de septiembre de 2014

Transformaciones



La enseñanza de la lengua no deja de ser un proceso de territorialización en el que el sujeto se inscribe creando y organizando los mojones de ese espacio. Por esta misma razón resulta tan complicado pensar en su didáctica. Para decirlo de otro modo: la enseñanza de la lengua equivale a una didáctica de objeto por la impronta de singularidad que se presenta: ese lenguaje que enseñamos es lo que ocurre y acaece en y durante el proceso de enseñanza, en su instantaneidad.
Claudia Lemos, en el marco de su teoría acerca de la adquisición del lenguaje, sostiene que el niño es capturado por la lengua; que es hablado por ella. La adquisición de la lengua materna es, entonces, una captura. Es posible hallar en los primeros enunciados del niño los fragmentos del habla del adulto en una constante relación de especularidad: en el espejo del Otro  me subjetivo objetivándome en el Otro, puesto que en en el espejo del Otro conviven dialécticamente la fusión y la diferenciación.  
Si en la génesis de esta teoría el lenguaje oral es concebido en tanto construcción de la subjetividad, algo similar ocurre con el lenguaje escrito. La función de la lingüística será, entonces, formularse preguntas desde el misterio mismo que provoca la transformación de un sujeto que no lee en alguien que lee. Así, la idea de transformación. Quien aprende se transforma porque enfrenta una alteridad.  Quien enseña, también.   
Aquel que pretenda enseñar deberá primero inquietarnos. Desasosegar desde la palabra, también desde el silencio. Deberá tener en claro, como lo expresa Heidegger, que la soberbia del arrogante conduce a la pequeñez; que la humildad es tan contundente como la audacia. 

-Texto, Daniela De Angelis / Fotografía,  Arte Joe-

2 comentarios:

Por esta travesía, Gracias.