29 de septiembre de 2014

Vejez





Me miraba de reojo. Cada vez que nos encontrábamos a solas en el ascensor, hacía ruidos con la lengua; sonidos intermitentes que me exasperaban, que me hacían tomar conciencia de los propios pensamientos. Quería matarla; necesitaba estrangularla contra el espejo o la puerta;  sentir su boca abierta sin el aire, los ojos desencajados, las naranjas rodando sobre el piso de madera con ruido sordo y seco. Me miraba de reojo, las uñas empastadas por el polvo y la basura, las arrugas en la cara y en el pubis, el cuello flácido y grasoso. Quería que desapareciera, que reventara como un globo, que la muerte la encontrara entre esas telas sucias. No me acostumbro a estos olores, a la decadencia de la carne. Me repugnan los gestos desvalidos, la impudicia: mi vejez. 
-Texto, Daniela De Angelis / Imagen,  Raciti Agatino-

2 comentarios:

  1. Existe un proverbio que no recuerdo dónde lo escuché o leí, que dice algo así como: todo el mundo quiere llegar a viejo, pero nadie quiere serlo...

    Y quizá sea cierto, como cuenta Bioy Casares en su libro.

    Suerte!

    J.

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  2. Sí! Creo que es absolutamente certero, José! Gracias por tu paso, las palabras, el humor y la ironía. Mis Saludos!

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Por esta travesía, Gracias.