15 de marzo de 2015

Del Modernismo y sus Quijotes



-Quijote del Siglo XIX, José Guadalupe Posada-
Si la colonización fue indispensable para pensadores como Sarmiento y Alberdi, otros intelectuales, a través de la escritura y la pintura, se opusieron a la idea con audacia y lucidez. Tanto Alberdi como Sarmiento consideraban que la recolonización era capital para refundar y organizar la república. El sanjuanino llega aún más lejos: en sus escritos proclama que los argentinos debemos convertirnos en los yanquis de América del Sur. Por su parte, Alberdi extiende la premisa de la recolonización a partir de la temática de la identidad, afirmando que la patria no es el suelo donde se nace, sino la libertad, el orden, la riqueza y la civilización. Los americanos, sentencia, son europeos nacidos en América. Expresa que es necesario una búsqueda libre de una nueva dependencia; es decir, debemos recrear una nueva subordinación acorde a los tiempos y los cambios
 El denominado proyecto civilizador se tradujo en políticas claramente definidas: la inmigración, la educación y la libertad de comercio. Para llevarlo a cabo, resultaba urgente incentivar la unión de los “mejores europeos” con los “mejores americanos”, una suerte de identidad positiva -aunque como Don Arturo Jauretche revisiona, les "salió el tiro por la culata"-. 
Por el contrario, la idea de mestizaje en Martí descansa sobre una concepción profundamente anticolonizadora. “El criollo exótico” -es su expresión clave para denunciar los modelos y modas foráneas- es incapaz de producir o crear puesto que de ello resulta mera imitación y copia: “Éramos una máscara, con los calzones de Inglaterra, el chaleco Parisiense, el chaquetón de Norteamérica y la montera de España (...) Entiendan que se imita demasiado y que la salvación está en crear”.

En el Manifiesto de Montecristi afirma que muchos de los trastornos en la fundación de las repúblicas de América derivan del error y la pretensión de ajustarlas a moldes extranjeros. La verdad, dice, es que ni el libro europeo ni el libro yanqui nos revelarán la clave para entender la realidad propia: “Hay que leer para aplicar, no para copiar”. Y exhorta: “El vino de plátano y si sale agrio ¡es nuestro vino!”. Fundar la economía, la educación, la ciencia, las artes en y desde los caracteres nativos: ésa es la propuesta martiana y por la que muere combatiendo en Cuba en aquel 19 de mayo de 1895.
 

Son estos los valores que extenderán el sentido de renovación cultural a la Revolución Mexicana. En el Siglo XIX, José Guadalupe Posada será el iniciador de esta tarea. Él convertirá al pueblo mexicano en el protagonista de su arte. Nacido en Aguascalientes en 1852 -año atravesado por la epidemia del cólera y la hambruna-, y a pesar de la oposición que la familia ejerció desde los primeros pasos de su elección artística y profesional, ingresa al taller de Antonio Vanegas Arroyo. Allí  ilustrará, en hojas sueltas, las crónicas de casos extraños sucedidos en la ciudad de México.
 José Guadalupe Posada apela a la ironía, al sarcasmo y al humor como los recursos más eficaces no sólo para denunciar las injusticias y atrocidades a las que se sometía al pueblo mexicano, sino fundamentalmente, para consolidar y difundir la idea de identidad a partir del propio sentido de mexicanidad. Frente a los profundos cambios y transformaciones de fines de siglo, sus grabados resultaron esenciales para crear conciencia política en los sectores más populares, marginados y analfabetos de la población mexicana.
A través de todas sus obras emerge la idea del arte vinculado al mundo moderno y social, sin mediaciones que puedan atentar contra la conciencia y la libertad creativas puesto que las expresiones artísticas deben nutrirse de las grandes tragedias colectivas y de aquellas que se mantienen anóminas y silenciadas. Sus sátiras sobre el poder político le valieron, en muchas oportunidades, la cárcel y la persecusión, pero también el olvido y el desprecio de los círculos intelectuales de la época. Murió en la extrema pobreza y en la soledad más absoluta. Sus restos jamás fueron reclamados. Fue sepultado en una fosa común el 20 de enero de 1913. 

-Imágenes, José Guadalupe Posada-

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