24 de febrero de 2016

Exequias



Toda palabra se agosta como la baba del casi muerto de hambre bajo el puente, como la canción de cuna al feto que no nace o que fue parido de revés. ¿De qué vale el reconocimiento de la gran academia, los literatos y los doctos cuando desde la cruz se pide el aire, la boca, el abrazo? Se necesita una porción mínima y recíproca de amor para los muertos y también para los que seguimos andando, aunque en el banquete de los vivos los panes y el vino no puedan multiplicarse. Las tinajas ya están rotas. Como el milagro y la promesa.
Algún día en alguna hora morirá un albañil; morirán un niño y su madre abrazados. Se los despedirá en silencio. Mientras tanto, me iré como nací, sin más que lo recibido y lo puesto, sin mucho menos que lo negado por el azar y los péndulos.  Sin ninguna riqueza más que el azulario de la infancia. Las hormigas y los gatos rasgarán la tierra hasta descubrir el hueco o la semilla. El vinagre no aniquila ni detiene el dolor: lo agita en sus dominios.

-Texto, Daniela De Angelis - Imagen, Victoria Cozmolici-

3 comentarios:

  1. Si debemos irnos, que sea a un lugar mejor que el olvido... ¿Sabes de alguno que cumpla con dicha particularidad?

    Nos leemos.

    J.

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  2. Macondo, que es casi como la geografía de mi infancia... O las vigilias de Miguel Ángel Asturias en su casa natal. O mejor, sea de umbrales y abismos. Mis Gracias, nuevamente, por tu Tiempo y tus palabras! Nos leemos, José!

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  3. Siempre amante de la Palabra usted.

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Por esta travesía, Gracias.